Vídeo 3:04

車窓 — Nice → Cannes

Nice → Cannes

En el tren desde Niza, coloqué la cámara para filmar lo que pasaba por la ventanilla. Al verlo después, lo que había quedado, más que el mar, era mi propia mano, tocándome la barbilla todo el tiempo.

Las personas siempre están tocando algo. Hacen girar un bolígrafo entre los dedos. Se pasan la mano una y otra vez por la cabeza rapada, como comprobando su aspereza. Apoyan la mano entre la mandíbula y el cuello y se dan golpecitos. En mi caso, se me carga el cuello, así que sin darme cuenta me lo masajeo. Un grano en la mejilla me molesta y el dedo se me va hacia él.

Ninguno de estos gestos tiene sentido. Pero tampoco se detienen.

Quizá así es como fabricamos nuestras propias pequeñas oscilaciones. Como el parpadeo de una hoguera o el sonido de las olas: un ritmo ni demasiado regular ni del todo azaroso. Cuando el mundo exterior no nos lo da, lo suplimos con el cuerpo. Y así, poco a poco, vamos calmando una inquietud que no sabemos poner en palabras.

Lo curioso es que, meditando cada día sin falta, empiezo a darme cuenta de estos gestos. En el instante en que la mano va hacia la barbilla, lo sé: «ahora voy a tocarla». Y también me doy cuenta de la parte de mí que quiere parar.

Entonces pienso. Tal vez no solo sentimos inquietud, sino que a veces ni siquiera sentimos que la sentimos. Este movimiento de la mano quizá sea la prueba.

Al otro lado de la ventanilla, una palmera pasó despacio. Mi mano sigue cerca de la barbilla.

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